Por O. R. A.

Si no tuviera el corazón desnudez
y sentado en la plaza con perros mendigos
te diría el sueño que la espuma
tiene guardado en su guarida.
Pero yo sólo cosas de amor te digo:
que el pozo está en medio de la plaza
lleno de piedras agrias
y anda la sed en vivas marejadas.
Roy Brown.
I.
Hay días que realmente pasan. Hoy estoy aquí, en mí, para quedarme hurgando en el sueño lo que buscaba en otra parte. Malévolas palabras y adormezco recuerdos.
Leo poemas de Frida Barinas y atrapo pensamientos.
El día fluye, se desparrama y me regala momentos que no sé cómo utilizar. Tirado en la cama mi pasado viene a contemplarme. Sigo esperando, aún conservo la esperanza de la certeza de que habrá un mañana con una mujer hasta hoy desconocida.
Abril se está marchando y se avecinan las primeras lluvias: y yo que pensaba que ya no estaría solo, que tendría a alguien para poder ponerle zancadillas a la soledad y desafiar los vientos. Hay días que realmente pasan.
II.
Llegué hace pocos meses de Oaxaca, los suficientes, y podría decir como Zitarrosa que en ese entonces: “facture dos valijas en el triste aeropuerto, como si en ellas fuera mi corazón cerrado “Y estoy aquí de nuevo en la ciudad de los hombres del alba, tratando de arrebatarle a la vida lo que una vez fue mío: hoy trabajo acompañado, las palabras me desobedecen menos, ya no soy un geómetra ciego, vuelvo a deambular por los pasillos de las bibliotecas exhumando volúmenes olvidados, veo rostros conocidos, conquiste el pan, olvide lo que tenía que olvidar, y sin embargo…sin embargo.
Como pienso en ti, mujer desconocida, te espero encontrar en la calle o en un autobús… y no llegas. Ajena a mi presencia se te adormece el sueño pensando el mar, te arreglas un cabello frente al espejo, ríes de cara a un crepúsculo, y no adivino tu rostro aún desdibujado. Espero… ¿cuánto pasará antes de encontrarte? ¿Necesitaré para hallarte un sextante, una brújula y un astrolabio?
III.
Se levantó temprano, sin ceremonias. La sábana arrugada, la ducha fría, el disco de Carmina Burana mientras se preparaba el desayuno. Repasaba mentalmente los pendientes del día: Reunión de trabajo en la mañana, ir al cine en la tarde, comprar el libro de Saltiel Alatriste. Toma el té y se mira en el espejo (el tiempo lo ha condecorado con una nueva arruga) y vuelve a los pendientes, al primero, se detiene en ese punto: ella estará en la reunión, la verá. Trata de imaginar cómo irá vestida, logra imaginarla. Un pequeño entusiasmo le brinca dentro y esa pequeña estructura de realidad lo lleva a subir el volumen del tocadiscos para que la música este a tono con su conato de alegría.
El entusiasmo, por lo pronto eso le basta, enamorarse es ya una manera de estar correspondido.
Sale a la calle y todo es tan igual, a ayer y antier, mira al cielo mientras camina. Piensa que debió haber llevado el impermeable por si llueve, se acomoda el cuello de la camisa porque puede ser que también haya frío, hay que prevenirse, ¿prevenirse para qué? Entonces vuelve a pensar en ella y deja de acomodarse el cuello de la camisa y mira al cielo y quiere suponer que se despejará más tarde, como a las once calcula, justo cuando empiece la reunión de trabajo. Camina y ve una casa que le están pintando la fachada: algo está cambiando, algo se tiñe de nuevo color. Acelera el paso, no quiere llegar tarde.
IV.
Hoy te vi y ayer te había besado. Quería besarte de nuevo, porque un beso de ti al medio día habría iluminado más el día. Pero tuve que esperar. Pero volvamos al día de ayer y mis adolescentes arrebatos de amor cuando inauguraste de nuevo el porvenir con tu beso que me sorprendió en la cara. Volvamos a cómo tirité de emoción por haberme sentido vivo de nuevo. Volvamos a nuestro diálogo sobre el amor y el desamor; ese diálogo tan obligado al inicio de dos seres que se encuentran a mitad del centro del universo, en ese vasto espacio abrumador y terco en que deambulamos, siempre buscando.
Y hablemos de tu risa, esa que llevas tan bien puesta y que remonta pasiones como si fueran papalotes, tu risa que cancela temores. Hablemos también de la esperanza, esa que me propongo construir contigo a pesar de todo, a pesar de los pesares.
Hablemos, pero seamos justos: fue un encuentro afortunado, fue un regalo inesperado que llegara a gustarte, tu presencia es una concesión que debo agradecerte. Tú eres el principio, la noche del Corán en que se abren los cielos y el agua que cae es la más dulce”
V.
Salió a la calle, la plaza de Coyoacán estaba húmeda y el cielo pintaba nubarrones. Habría tormenta más tarde. No le importo. Sabía que en adelante aún las tempestades serían como esa brisita que hacía minutos había mojado la plaza de Coyoacán… finita… muy finita.
O.R.A.
Antropólogo Social, con trabajo de campo e investigación en Oaxaca.


