Natalia Martínez Escamilla.

Para mi hijo Ricardo:
CDMX, 12 de diciembre 2025
Lamento la molestia, sé que me has mencionado que estás muy ocupado, y que, al enviarte cartas, implica que tengas que ir a recogerlas a la oficina postal y entiendo que sea molesto. Sin embargo, hijo, no te he visto en un largo tiempo, no tengo otra forma de comunicarme, y tengo tantas cosas que contarte… por esas razones, consideré pertinente agarrar una vez más la pluma.
Bueno, ¿Por dónde empiezo?, sabes que ya soy algo viejo, ni siquiera logro recordar cual fue la última vez que vi tus ojos, los destellantes ojos marrones que heredaste de tu bella madre, que en paz descanse. Bien, iniciaré con esta noticia, lo decidí hoy, por eso sé que será una buena nueva para ti: he decidido retirarme, ya no más vendimia afuera de la escuela, ¿Puedes creerlo?, ya no cumpliré el año 32 afuera de esas puertas que siempre se veían igual, como si el tiempo no pasara, todo tan rutinario y homogéneo.
Recuerdo que empecé cuando tenía treinta y cuatro años recién cumplidos, había llegado hace poco a la ciudad, llegué del pueblo y necesitaba generar mis propios ingresos ¡Pero que tiempos aquellos! Te he contado muchas veces la historia, pero no está de más recordarla.
Trabajaba como agricultor con tu abuelo, eran buenos tiempos, pero las empresas empezaban a llegar a lo más lejos de mi región para industrializarlas y convencernos de integrarnos al comercio nacional. Como sabes, al principio aceptamos, pero no contábamos con que al final se quedarían con nuestros sembradíos para luego despedirnos inhumanamente. Tú eras muy pequeño, pero apuesto a que todavía recuerdas como te repetía que nunca dejaras a la avaricia cegarte. Luego, tu madre murió y me vi orillado a dejarte con tus abuelos y venir a ganar algo de dinero para tu sostenimiento.
Fue así como llegué a esta ciudad, en la que, entre tanto movimiento y ruido, encontré la oportunidad para salir adelante y cumplir con mi responsabilidad desde lejos. Recuerdo nítidamente que caminaba por la calle cuando vi salir de un gran portón azul a un par de niños uniformados, corriendo desesperados mientras miraban sus manos contando las monedas que éstas portaban; desaparecieron de mi vista, eran jóvenes y rápidos por obvias razones. Seguí caminando y mucho más adelante los encontré sentados afuera de una tienda de abarrotes comiendo dulces en la banqueta. Entonces apareció en mi cabeza la idea de vender dulces afuera de alguna escuela.
Sé que esa idea nunca te gustó, simplemente no fue de tu agrado y lo entiendo mejor ahora que en el pasado. Estuve ausente casi toda tu infancia por trabajar, también es verdad que eso afectó nuestra relación y empecé a escribirte cartas por lo mismo. Creo que muy en el fondo aún busco un perdón y una forma de compensar todo el tiempo perdido, tiempo que sin querer se volvió muy largo, casi interminable, sin que yo lo deseara.
Así fue entonces, que una semana se volvió un mes, un mes en un año, y un año en poco más de tres décadas. Cuando tú estancia en un lugar se vuelve tan duradera, te vuelves más observador, logras percibir cosas que a los demás les resultarían imposibles. Siempre estoy ahí, como una sombra vagabunda, inevitablemente atento.
Un día, que parecía continuar como cualquier otro, fui repentinamente interrumpido por una chica adolescente (probablemente en su último año de aquella secundaria) que se dirigía a mí, casi con desesperación. Compró muchos dulces de todo tipo y mientras esperaba su cambio, ya empezaba a comerlos. Le agradecí por su compra y se marchó, volvió al día siguiente, y al próximo, y así se hizo una de mis clientas más fieles. Sin embargo, hijo, aunque me considerarás feliz por tener una consumidora tan regular que compra en gran cantidad, yo no lo estaba, porque empezaba a presentir que algo andaba mal.
Su mirada ansiosa y perdida, la forma en la que apretaba la mandíbula, su compra compulsiva para mi eran claros signos de algún tipo de trastorno alimenticio. Sabes que soy ignorante de esos temas, pero estaba seguro de que todo lo que consumía tenía una razón de ser, así que un día decidí tratar de entablar una plática que solo terminó confirmando mis sospechas. Se mostraba ansiosa por cumplir con las expectativas de sus padres y para sobrellevar la presión, se tranquilizaba al comer muchos dulces. Mi niño, yo nunca supe si tu sentías algún tipo de presión en la escuela, si tus buenas calificaciones buscaban llamar mi atención y lograr que volviera de la ciudad para felicitarte. Lo cual me llevó a la siguiente historia.
Él no era mi cliente, rara vez compraba algo en mi puesto y la razón era simple, prefería gastar su dinero en alcohol y cigarros de sabores, cosas que nunca vendí y me siento orgulloso de ello. Pero lo veía siempre, sentado en la banqueta a unos pocos metros de mi lugar de venta, escondido entre sus demás amigos que lo acompañaban imitándolo. De todos ellos, lo recuerdo más a él, ya que una tarde regresó a las puertas de la escuela solo, borracho y desorientado. Se sentó más cerca de donde yo me encontraba, y así sin previo aviso, me empezó a platicar, no de cualquier cosa, sino de su vida, sus penas y tristezas.
Yo lo escuché en todo momento mientras atendía a otros, y hasta le ofrecí agua para que los efectos del alcohol fueran disminuyendo. Supongo y entiendo que fue por vergüenza, pero después de ese día evadía mi mirada preocupada, me hizo pensar si tú en algún momento usaste la bebida para escapar de la tristeza ante mi ausencia y la pérdida de tu madre, lo cual me daría mucha culpa.
Así como lees hijo, conocí a mucha gente con historias diferentes durante estos años trabajando. Desde los más solitarios, callados, pero siempre cordiales, hasta los más extrovertidos y enojados. Todos viviendo su propia vida, en la cual yo solo soy un señor que trata de endulzar su vida con un pequeño trozo de azúcar, esperando levantarles el ánimo.
Creo que fue suficiente e hice lo que pude por ellos, lamentando no estar contigo y pensando que tu pudieras haber vivido algo similar. Hoy fue el último día de clases que dio lugar a las vacaciones de invierno y por eso decidí no volver más, necesito verte, saber de viva voz cómo fue tu vida y cómo te sientes ahora en tu papel de papá presente. Te déjo hijo, ya debes estar aburrido de leer a tu padre. Te quiero.
Natalia Martínez Escamilla
Preparatoriana escribana que goza leer y escribir historias.


