Natalia Martínez Escamilla

El viento soplaba fuerte el día en que Santiago miraba por la ventana, vagando, viendo a través de ella el tiempo pasar, deseando que las clases terminaran pronto. Fue entonces cuando escuchó una voz que lo llamaba, era la maestra, que viéndolo fijamente con esos ojos que a todos asustan, le recordaba que debía formar un equipo para el proyecto escolar.
– ¡Ya que te veo tan distraído, yo te diré con quién harás el trabajo! – dijo con el semblante propio de una maestra- David -dirigiéndose a él- trabajarás con tu compañero, si no es mucha molestia.
Sus ojos se encontraron, los de Santiago, cansados y pesados, y los de David, entusiastas y brillantes. Lenta y tímidamente se acercaron y se dispusieron a trabajar.
Mientras terminaban su proyecto correspondiente e incluso cuando lo concluyeron, fue inevitable volverse amigos cercanos. A veces Santiago iba a la casa de su ahora amigo; pasaba por terrenos baldíos, gente acurrucada entre las calles y basura pegada como chicle a las banquetas. Avanzaban con sus tareas, uno sentado al lado del otro al pie de una cama. David le invitaba uno que otro trago, a veces un cigarro.
– ¿Por qué tu casa siempre está vacía? -dijo el primero mientras sorbía un trago de cerveza.
Mirándolo fijamente, dudando en decirle, finalmente le respondió.
-Mi padre es alcohólico, se la pasa afuera todo el puto día, de bar en bar, con mi madrastra. Mi madre murió cuando me parió, creo que desde ahí mi padre decidió entrar en las adicciones; si no hubiera nacido, tal vez… mi familia…-suspirando, sin terminar la frase, tomó un cigarro y lo encendió para inmediatamente llevárselo a la boca- ¿Gustas?
Atónito, sin pronunciar palabra, Santiago negó con la cabeza, no estaba tan acostumbrado a fumar, solo lo hacía de vez en cuando.
– ¿Cómo puedes vivir así? -fueron las únicas palabras que salieron de su boca al cabo de unos minutos.
-No puedo -buscando su mirada- pero hay personas que no lo hacen tan difícil- algo avergonzado por lo que acababa de decir, trato de justificar sus oraciones- sé que no llevo mucho tiempo de conocerte, perdón, supongo que el cigarro y la bebida me hicieron efecto- disimuló con una risa casi inaudible -De verdad debes pensar que estoy jodido.
-Creo que todos lo estamos hoy en día -dijo bromista para destensar el ambiente.
Fue un momento fugaz, sin que se dieran cuenta, casi por accidente, sus caras se acercaron, sus pieles hicieron contacto y sus labios se juntaron en un tierno e inocente beso, con el sonido del fierro viejo afuera, el bullicio de la gente, las ambulancias y patrullas sonando por las calles, aun así, por un momento, todo fue silencio para ellos.
Pasaron cinco meses, ya era febrero, el mes “del amor y de la amistad”, y ellos ya no solo eran amigos, eran amantes. Santiago seguía yendo a la casa de su pareja, pero ahora éste también iba a la de él. Un día, David llegó sin avisar. Aventando una pequeña piedra que encontró al pie de las rejas de la casa, a la ventana de Santiago, para que lo dejara entrar.
– ¡Santi, ábreme la puerta, déjame pasar! -dijo desesperado, con un nudo en la garganta.
Asomándose a la ventana, lo vio, su cabeza cubierta con un gorro, cubrebocas cubriendo sus mejillas y labios, chamarra cubriendo la mayoría de su cuerpo. Era una escena emotiva e indescifrable la que estaba presenciando. Rápidamente, bajó las escaleras y se dispuso a abrir la puerta, lo que vio lo dejó atónito.
– Pero ¡qué te pasó! -formuló mientras quitaba el candado de las rejas de seguridad.
Lo que se alcanzaba a ver en la cara de David, solo eran moretones, quemaduras de cigarro, golpes. En cuanto se abrió la barrera entre ellos, éste se desplomó en los brazos de la única persona con la que se sentía seguro. Llorando y sollozando, solo una parte de las palabras que formulaba eran entendidas.
– Mi papá… me hizo esto… Ayúdame… ¡Maldita sea, ayúdame!
Sosteniéndolo en brazos, viendo lo débil que estaba, lo llevó con delicadeza a su habitación, guiándolo a su cama. Cerró la puerta y se sentó a su lado.
-Tienes suerte de que mis padres están afuera, aunque no tardan en regresar, -tomando papel de un dispensador cercano que se encontraba en su mesita de noche para ofrecerlo- Ten, seca tus lágrimas, ya estás conmigo -dijo abrazándolo.
Se quedaron así un buen tiempo, el suficiente para que David se tranquilizara y se sintiera cómodo de contar lo que le había sucedido. Con gran valentía y coraje, le dijo que su padre había llegado a su casa a la hora de la comida, borracho, por supuesto, con dolor de cabeza y de muy mal humor; parecía ser un día como cualquier otro, sin embargo, había una noticia importante de la que se enteraría: Su madrastra estaba embarazada, iba a tener una hermanita. Eso significaba que David debería empezar a trabajar para que pudiera haber comida en la mesa, razón que conllevaba sacarlo de la escuela. Estaba devastado, confrontó a su padre, pero lo único que recibió fueron maltratos de su parte.
David, empezó a quitarse la gorra, el cubrebocas, la chamarra, una por una, con gran suspenso, dejando al descubierto sus heridas, marcas que no sanarán pronto y que, tal vez, lo acompañen por el resto de su vida.
-Ayúdame -lágrimas volvían a recorrer la curvatura de sus mejillas.
-David -tomando su mano mientras lo decía- por más que quiera, no sé qué hacer, solo tengo dieciséis, no hay mucho que esté a mi alcance.
– ¡Al menos inténtalo, miénteme, dime que me vas a ayudar! -Sus manos entrelazadas se soltaron, se dirigieron a los cálidos cachetes de su amado y soltó un golpe que resonó en toda la habitación.
Santiago, impactado, sentía como su corazón se partía en mil pedazos, no creía lo que acababa de pasar.
-Fuera de mi casa -dijo con una seriedad que nunca antes había escuchado.
– ¡Ahora me echas!, ¿De verdad me estás corriendo de tu casa?, ¿después de todo lo que te conté? -dijo con impotencia.
-No me hagas repetirlo -sus ojos se empezaban a nublar.
Con una risa incrédula e indiscreta, David se dirigió a la puerta de la habitación, la dejó abierta, Santiago solo oía los pasos bajando las escaleras, la dureza con la que azotó la puerta y las rejas de su casa. Observó cómo se iba desde la ventana, no salió de su habitación hasta el día siguiente.
Al inicio de la semana siguiente, la maestra tenía un gran anuncio por hacer:
-Muy buenos días, chicos, como algunos ya se enteraron, una nueva alumna se acaba de incorporar a nuestro grupo ¡Por favor, trátenla bien! no quiero escuchar reportes o quejas de ella hacia ustedes. Continuando con el tema de la clase pasada…
Sarah era el nombre de aquella nueva alumna, que al ver el lugar que anteriormente le pertenecía a David desocupado, se dirigió a sentarse en él.
-Hola, me llamo Sarah ¿Y tú? -dijo desde el asiento de al lado.
-Santiago
Los días pasaron, y Santiago encontró en Sarah lo que había perdido con David; como había pasado con él, empezaron a ser más y más cercanos, compartían muchas risas y alegrías, sus ojos, antes cansados y pesados, incluso cuando estaba con David, adquirieron un brillo intenso y notorio a primera vista. Las cosas iban de bien a mejor, y como resultado, a los pocos meses se volvieron pareja.
Los dos se encontraban saliendo de la escuela, Sarah tomaba con elegancia y delicadeza la mano de Santiago, platicaban sobre el día en la escuela cuando sin previo aviso, el segundo vio a su ex pareja recargado en una pared cercana a las instalaciones.
-Sarah, ¿puedes ir adelantándote?, Te alcanzo después en tu casa ¿Sí?
Sarah asintió, algo desanimada, le dijo que no se tardara y que ella lo esperaría. Agradecido, se dirigió hacia David una vez que su novia no estaba a la vista.
-Entonces fácilmente encontraste a alguien nuevo -fumando un cigarrillo- ni siquiera tuviste la valentía de terminar conmigo cara a cara.
-Desde la última vez que nos vimos, tú y yo sabíamos que esto no iba a funcionar -mientras lo decía, se dio cuenta que, por primera vez, en todo el tiempo en el que estuvieron juntos, él había perdido ese brillo y entusiasmo en sus ojos que tanto lo caracterizaba, que se mantenía ahí a pesar de todo lo que le ocurría-. Por favor, no me vuelvas a buscar.
Al tratar de irse, David lo tomó del brazo, impidiendo que se moviera, Santiago lo miró con perplejidad, sin saber que estaba ocurriendo, le preguntó por sus acciones.
-No quiero terminar mal contigo, vamos a mi casa, te juro que será la última vez -tiró su cigarrillo al suelo y con la suela del zapato apagó el fuego.
Dudando en si hacerle caso o no, finalmente lo siguió con cautela a su casa, se sentía raro estar ahí, era un lugar que guardaba muchos recuerdos.
Como de costumbre, no había nadie más, eran solo ellos dos. No pasaron a ninguna habitación, simplemente se sentaron en el único sillón de la sala.
– ¿Algo de beber? -ofreció David, con una botella casi vacía en una mano y dos vasos en la otra. Pero el otro se negó.
-Bien ¡Doble para mí!
Entonces se acabó la botella de sentón, acortó su distancia con Santiago, con un golpe habilidoso, sin darle tiempo para reaccionar, le dio en la cabeza con la botella, él cayó de espaldas en los asientos libres del sillón. Sangre empapando su frente, una mirada cristalizada y dolida, fue la última imagen que David se llevó de la persona que un día fue su todo, la única a la que amó y lo consoló en sus peores días.
Natalia Martínez Escamilla
Preparatoriana que goza leer y disfruta escribir historias. En esta ocasión construyó la historia a partir de las ideas que le proporcionaron sus compañeras: Carolina De los Santos Eduardo, Claudia Yahani Salazar Jiménez, Hatali Valentina Nando López y Kenji Neftali Paredes Ramírez, como parte de un ejercicio en la clase de lengua materna de la preparatoria.



